Páginas

31 de mayo de 2006

Pegar con palabras

(Sobre el acoso escolar)


El acoso escolar se ha convertido de la noche a la mañana en un tema de apremiante actualidad. Si seguimos las inquietantes noticias que nos ofrecen los medios de comunicación, tal se diría que este problema hubiera surgido de repente, por generación espontánea. Y da la sensación, también, de que éste es un mal que afecta sólo a los adolescentes, quedando los niños pequeños inmunes a ese virus de violencia entre escolares.

Pero el acoso es tan antiguo como la escuela. Es imprescindible, si de verdad se quiere afrontar con rigor el problema, tener en cuenta las importantes investigaciones en las que se han analizado estas relaciones de subyugación y no partir de cero, como si esta enfermedad social hubiera sido traída casi ayer por extraterrestres.

En el invierno de 1998, el Departamento de Programas Educativos de la Fundación de Cultura, presentó en Gijón la exposición Juul, un cuento sobre el maltrato entre iguales. Desde entonces esa exposición no ha parado de recorrer la geografía española, convirtiéndose en un excelente relato motivador que ha permitido a más de veinte mil niños y adolescentes de diferentes edades y lugares reflexionar sobre esta grave epidemia. También a los adultos les ha servido para extraer significativas conclusiones a partir de las cuales abordar el problema.

«Juul» es un relato de una gran dureza. Cuenta la historia de un muñeco de madera que se va destruyendo poco a poco por culpa de las humillaciones continuas de sus compañeros. «Es un cuento muy fuerte», comentó al oírlo una niña de 9 años, «pero es lo que ocurre casi todos los día en el patio de mi colegio».

Todos los seres humanos necesitamos sentirnos queridos y valorados por los demás. Si nos humillan, riéndose de nosotros, es como si nos fueran rompiendo a trozos por dentro. Las humillaciones, las ofensas y las burlas pueden sumirnos en la mayor desolación y hacernos sentir tan desdichados que hasta lleguemos a desear desaparecer del mundo. Los otros, sobre todo los iguales, son un espejo en el que nos vemos aceptados o rechazados.

Donde arrecian las ofensas es entre compañeros. Nuestros escolares respiran sin parar el aire del insulto cotidiano. El insulto en la infancia, poco o casi nada investigado, es su pan de cada día.

En el que es quizás el primer estudio sobre el acoso escolar, escrito por el noruego Dan Olweus, se resalta que los niños o jóvenes a los que se les acosa o agrede en la escuela pueden presentar alguno de estos indicios: les gastan repetidamente bromas desagradables, les llaman por apodos y es posible que se les conozca con algún nombre malsonante. Los insultan, menosprecian, ridiculizan, denigran, amenazan, los dominan y subyugan y son objeto de burlas y risas desdeñosas y hostiles.

El insulto suele preceder siempre a la agresión. Así lo afirman los autores del magnífico libro «El arte del insulto». «El insulto, en todas las sociedades, constituye una parte indispensable de un rito de violencia. Es el combustible que va calentando progresivamente el ánimo de los contendientes hasta llegar al punto de saturación que libera la agresividad directa».

Pero el insulto también es una agresión. Como muy bien dijo un niño de 9 años en redonda definición: «Insultar es pegar con palabras».

Y es entre escolares, es decir, entre los supuestos iguales, donde los ataques verbales proliferan a sus anchas.

No es de extrañar que la ofensa que más se utiliza entre los niños (incluso entre los más pequeños) sea la de llamarse entre ellos hijos de puta y sus innumerables derivados.

Aparte de tan arraigado vituperio, «el más asiduo de nuestra vida cotidiana», hay, por supuesto, otra gran constelación de afrentas verbales, que minusvaloran la personalidad o ridiculizan el aspecto físico de los escolares.

Los insultos son contundentes radiografías en las que se refleja lo que valoramos y detestamos. En un país tan machista como el nuestro, es normal que la homosexualidad, a pesar de las grandes transformaciones sociales que hemos vivido, siga siendo lo peor que puede reprochársele a una gran mayoría de hombres. Uno de los peores agravios es, pues, llamar a un varón maricón. La lengua, con su léxico de agua, ha empapado la institución escolar. La escuela es un reflejo de la vida social. Los niños no son extraterrestres. Traen a la escuela lo que ven, viven y aprenden en sus relaciones familiares, en la televisión o en la calle.

¿Y qué ven? ¿Qué viven? ¿Qué aprenden?

Ven, viven y aprenden que hay una permisividad con quienes agreden a los demás con palabras en sus propias casas, en la calle o en los estadios deportivos.

Ven una televisión donde el insulto, las voces, los gritos, el escarnio se han convertido en el fundamento de algunos programas sin más fundamento.

Que, por ejemplo, ese rey Midas de la televisión llamado Sardá nos haya hecho tragar la rueda de molino de que el buen hacer televisivo pasa por los insultos y la degradación, y que haya obtenido por ello el apoyo de la audiencia, da una idea del caldo de violencia verbal, generadora de la física, en el que se cocina gran parte de las influencias agresivas que reciben nuestros niños. Lo peor de programas como ésos, no es su infantilismo, su estulticia, su insulsez, lo peor es que se han convertido en un ejemplo de conducta. Los niños que no los ven a la hora en que se emiten, los reciben en forma de píldoras concentradas en resúmenes y machaconas repeticiones.

Las conclusiones a las que hemos llegado junto con los padres y maestros que han participado en lo que llamamos proyecto Juul, son, en apretada síntesis, las siguientes:

Que el acoso entre iguales, el «bullying», es un problema que afecta a los niños desde edades bien tempranas, y no sólo en la adolescencia. La intervención contra la violencia debe empezar, pues, desde la cuna.

Que insultar es pegar con palabras, y que el insulto es el generador de violencia física. Que hay que reflexionar con los niños sobre el acoso y sus efectos. Los cuentos, y el trabajo desarrollado con Juul es un ejemplo, pueden ser grandes motivadores de esa necesaria reflexión imprescindible para erradicar prejuicios, cambiar actitudes, modificar conductas.

Que, aunque se manifieste sobre todo en la escuela, es un problema que tiene su origen y su apoyo fuera del ámbito escolar. La falta de respeto con la que se tratan muchas parejas delante de sus hijos, las agresivas manifestaciones deportivas, los enfrentamientos entre los representantes de los partidos políticos, son ejemplos claros de esas influencias, de esas vivencias, de esos aprendizajes de los que los niños se irán empapando poco a poco y que llevarán al centro escolar.

Que supone una conducta de dominio contraria a toda democracia: un agresor somete a una víctima a un estado de sumisión y de humillación permanente. Es una relación propia de una dictadura.

Que se produce una degradación moral en la víctima, que puede sufrir alteraciones graves en su salud (depresión, trastornos de la alimentación, vómitos constantesÉ) y hasta conducirle al suicidio, como sucedió con Jokin, el joven de Hondarribia cuyo suicidio hizo saltar todas las alarmas.

Que se pervierten las relaciones sociales al construirse sobre la ley del más fuerte.

Que cuanto más sepamos sobre esta enfermedad social mejor podrán buscarse remedios para evitar o reducir sus demoledores efectos.

Como dijo Gracián, «no hay monstruosidades sin padrinos». Son muchos los padrinos de esa monstruosidad llamada acoso escolar. El entorno escolar es sólo un reflejo muy sensible del entorno social. Por eso nos asusta ver a nuestra sociedad reflejada en ese espejo, y por eso se buscan las causas sólo en los centros escolares.

Paco Abril http://mobbingopinion.bpweb.net/artman/publish/article_2079.shtml
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...