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23 de febrero de 2007

La autoestima necesita nuestra atención continuada I

Los valores de la autoestima se estructuran desde la infancia en el núcleo familiar, en el entorno educativo y social. Los efectos de prestar mayor atención a los aspectos negativos respecto a los positivos en las conductas infantiles, conducen a un progresivo deterioro de la capacidad de auto valoración en los niños y las niñas.

Se suele priorizar lo que el niño o la niña ha hecho mal a lo que ha hecho bien, y en este orden de estimaciones se construyen personalidades propensas a la auto negatividad y en consecuencia mermadas frente a las exigencias, afectivas, sociales y laborales en las sucesivas etapas de desarrollo.

Las claves de nuestras sociedades competitivas inciden de una forma peligrosa en la salud mental y autoestima de las personas desde la lactancia condicionando el futuro de cada una de las individualidades que conforman las sociedades.

Los modelos de conducta que arrastran nuestros progenitores, educadores y educadoras se suman a las exigencias de los modelos sociales de lo no conveniente y a los principios positivos del “éxito” con todas sus contradicciones. En medio de esta mixtura de códigos heredados y adquiridos, la persona debe aprender a desenmascarar las claves que alimentan la baja autoestima e incubar nuevos registros donde se ponderen los valores reales y positivos de la personalidad individual y colectiva.

Desde los años 60 ha proliferado la literatura de autoayuda, las escuelas y las corrientes psicológicas positivistas que intentan llamar la atención respecto al drama que viven las personas con baja autoestima frente a personalidades más equilibradas y seguras de si mismas o bien estructuradas. Estas tendencias positivistas si bien han ayudado a muchas personas también han llevado a otras a extremos que como resultado han dado figuras paternas y maternas desorientadas y consentidoras para con sus hijos.

Las aulas están llenas de niños malcriados y de pequeños nerones (hijos de Nerón) frustrados que ejercen el acoso sistemático a los niños, niñas y docentes educados en los valores negativos y con baja o deficiente autoestima. Los extremos se enfrentan en la medida que no existe igualdad en cuanto a los valores y autoestima. El mayor se come al menor y el más fuerte al más débil.

En cierta ocasión escuché decir a una maestra de primaria refiriéndose despectivamente a niños y niñas que padecían una depresión “son débiles mentales”. Esta afirmación causó en mi gran impacto porque sin ser técnicamente una barbaridad, la maestra era un claro exponente de la personalidad autoritaria, intransigente y despótica. En otra ocasión escuché a un educador sentenciar a un alumno con un coeficiente mental alto “tú no llegarás a nada en la vida” y se lo decía porque el niño no se esforzaba en adaptarse al resto de los alumnos menos aventajados y al ritmo de estudios, que obviamente, superaba en conocimientos y necesidades de aprendizaje. El niño no terminó el bachillerato pese a poseer una mente privilegiada.

Afortunadamente, ejemplos como los anteriores no son habituales en el personal docente, sin embargo, en mayor o menor grado y en todos los ámbitos de la sociedad, se reproducen las sentencias negativas respecto a criaturas y personas adultas sin tener consciencia del daño que se está infiriendo.


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